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C A N A L E S

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S E R V I C I O S

EL FORO DE LITERATURA

 

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Los cuentos de Carlos Fierro

Noche de paz

 

Una mano llama dos veces a mi espalda. Me doy la vuelta y dos ojos verdes me miran:

- Oye, ¿nos conocemos?- No, no me suena tu cara.- No, digo que si... -y con las manos hace un gesto como de intercambio- ...si nos conocemos ahora.- Mmmm, no, déjalo.

- Pero, ¿por qué no quieres que nos conozcamos? Te aseguro que lo pasarás bien.

 

Me lo asegura.

 

- No, déjame tranquila, que estoy hablando con mis amigas.

- Con tus amigas puedes hablar siempre que quieras. Conmigo es distinto, conmigo es un ahora o nunca. ¡No me digas que me vas a desaprovechar!

- Nada, que me vuelvo con mis amigas.

- ¿Me dejas?, ¿me abandonas a mi suerte a estas hora de la noche? ¿y ni siquiera me das tu número de teléfono?

- Estás loco.

- Bueno, pues preséntame a tus amigas y hablamos los cuatro, ¿eh?

 

Beatriz y Begoña apenas hablan entre ellas ni se miran. Observan el barullo que hay a su alrededor y de cuando en cuando miran a su amiga hablando con el desconocido. Las dos, como gemelas, sostienen un tubo en su mano y una medio sonrisa en los labios, como si lo estuvieran pasando bien.

 

- Mmmm..., no sé...

- No sabes, ¿por qué no sabes? ¿tampoco les voy a gustar a tus amigas? Vaya, pensé que no tenía tan mal aspecto. ¿Y si te digo que soy simpático y que les caeré bien a pesar de todo? ¿no me haréis un pequeño hueco en vuestra conversación? Incluso si queréis me limitáis el tiempo de intervención... - sonríe amistosamente-. Venga, ¡vamos a hacer pandilla!

 

¿Qué hago con él? ¿le digo que no? No parece mal chico...

 

- Venga, si quieres te las presento... Mmmmm, pero ellas son un poco tímidas, no sé, tal vez se sientan un poco incómodas.

- No importa, vamos allá, que no habrá ningún problema.

- ¡Uy!, yo no estaría tan segura... mis amigas son un poco... raritas.

- Y tú, ¿también eres un poco rarita?

- Pues no lo sé, creo que no.

- O sea que me quieres decir que he tenido suerte contigo...

- Bueno, no es eso...

- Habrá sido el destino el que me ha llevado hasta ti y no hasta ellas -y se sonríe-. Yo estaba con mis amigos y te he visto de lejos y me has gustado...

- ¿Tus amigos?

- Sí, ¡yo también tengo amigos!, ¿es que pensabas que no?

- No era eso, es que no sabía que estuvieras aquí con más gente.

- Pues sí. Mis amigos son esos, los de la esquina que están mirando a ese grupo de chicas, ¿los ves?

- Sí...

- ¡Qué descarados son! Mira lo que hacen... Lo único que les interesa es ligar... y están ahí a ver si pillan algo. No piensan en otra cosa cuando salen...

- ¿Salen sólo para eso?

- Mmmmm... fundamentalmente sí. Para hablar entre ellos no tienen por qué venirse al centro y gastarse el dinero en cubatas y venir a estos sitios tan molestamente ruidosos. Si vienen aquí es de cacería, en el sentido literal de la palabra.

- Se puede pasar bien de otra forma, oyendo música, bailando, estando con los amigos...

- Nada, para estar con amigos o para oír música pueden estar cómodamente y sin gastos en sus casas. Y bailar no les gusta especialmente. Lo dicho: ligar es lo único que les gusta.

- ¡Son unos buitres! ¿Tú sales también para eso?

- No, yo no -y se ríe cerrando los ojos. Cuando se recupera sigue hablando-. Ahora te toca, ¿qué es lo que te gusta a ti cuando sales?

 

Le respondo y mientras hablo me doy cuenta de que estamos hablando muy de cerca. Sus ojos están pegados a los míos. Quiero dar un pequeño paso hacia atrás para mantener las distancias, pero lo único que hago es mover un poco los pies y poner un poco más de distancia entre nosotros. No sé si se habrá dado cuenta.

 

El local se está llenando. Se está cargando de humo y es un poco molesto. No estoy muy acostumbrada a este tipo de pubs y los ojos me pican un poco, aunque no digo nada.

 

El me habla. Al empezar a hablar ha apoyado levemente su mano en mi hombro. Es más alto que yo y me mira como desde arriba. Mientras me habla elevo la mirada para encontrarme con la suya, y cuando me canso bajo la vista y a veces miro a su boca, que está a la altura de mis ojos. Sus labios son carnosos, pero tampoco quiero mirarlos mucho para que no vaya a ser que piense que quiero algo con él. Gesticula mucho, hablando de forma como muy teatral. Exagera el énfasis en algunas expresiones y en algunas palabras. Eso me gusta.

 

Me pregunta y no sé qué le estoy respondiendo. Si digo algo que le hace gracia se ríe y con un gesto de complicidad me toca el brazo o el hombro. Es como si me estuviera cuidando, o estuviera cuidando de que yo lo pasara bien. No sé si están subiendo el volumen de la música, pero cada vez me oye peor, pone cara de que no entiende bien lo que digo y se acerca más a mí para escucharme. Me habla muy de cerca, tan de cerca que se me hace extraño, pero ahora no muevo los pies hacia atrás.

 

- Al final parece que ni te voy a presentar a mis amigas ni nada... al final no hacemos pandilla.

- No importa, yo lo que quería era estar contigo...

 

El recibe un empujón que le lleva hasta mí. Intenta amortiguar el golpe apoyando sus manos sobre mi cintura, pero nuestros cuerpos chocan. Yo instintivamente trato de cogerle y nos quedamos un instante como abrazados. En seguida, sin siquiera mirarme, como si le diera vergüenza que nos viéramos en tal cirsunstancia, se separa de mí. Mira hacia atrás para ver quién le ha empujado, más que nada para hacer evidente que alguien le ha empujado y que él no se ha abalanzado de forma voluntaria sobre mí. Me hace gracia y encogiendo los hombros le pongo cara de que yo tampoco sé quién le ha empujado.

 

Ahora se queda callado. Sólo me mira. No sé qué decir y también le miro. Nos sonreímos y nos miramos. Llevamos sólo un rato hablando y parece que nos conociéramos de hace tiempo. No sé qué decir y bajo la mirada. Durante ese silencio pienso en que un chico así me podría gustar y en que me apetecería conocerle un poco más.

 

- ¿Quieres tomar algo?

- Sí, ahora tengo un poco de sed.

- Venga, vamos a la barra.

 

Me coge de la mano y me lleva hacia la barra. Me olvido de mis amigas que han debido quedarse como estatuas donde las dejé. Me lleva cogida de la mano hacia la barra y me siento como una niña así, aunque me gusta. El se va abriendo paso entre la multitud y de vez en cuando mira hacia atrás, me mira, como para ver si sigo ahí y me hace gestos, como preguntando si todo va bien, como si estuviéramos viviendo una odisea. Y yo sigo ahí, detrás de él, agarrada a su mano, dejándome llevar. Me pregunto si cuando lleguemos a la barra me soltará la mano.

 

- ¿Sí?, ¿qué queréis tomar?

 

No sé lo que pedir. El me pide un tinto de verano, que dice que aquí está muy bueno y que además es muy barato. Me dejo llevar de nuevo.

 

- ¿A que está muy bueno?

- Está bien.

- Mucho mejor que un whisky o un vodka con lo que sea.

- A mí un buen whisky me gusta mucho.

 

No me contesta. Otra vez se queda callado. Bebe y se vuelve a callar. Parece que toma aire. Estamos muy cerca uno del otro y me rodea con un brazo la cintura, me coge. Con una sonrisa en la boca y sus ojos en la mía, acerca sus labios a mis labios... Me temo que viene a por mí, esta vez deliberadamente, sí, me quiere besar. Ciertamente eso no entraba en mis planes. ¿Se me ha ido esto de las manos? ¿se ha ido él de las manos? No tengo tiempo para pensar, sólo tengo un segundo para decidir: o retiro la cara o me dejo llevar otra vez. ¿Quiero que me bese? ¿quiero besarme con él? ¿por qué tengo que decidirlo ahora? No tendría que haberle hecho caso, no tendría que haberle siquiera respondido la primera vez. Pero es simpático y agradable, es alto y guapo, y tiene unos ojos preciosos. Creo que se ha equivocado, no es el momento, se ha precipitado un poco, ¿no? Lo peor es que a lo mejor hasta se piensa que yo le he dado pie a esto, cuando lo único que he hecho ha sido hablar con él, nada más... bueno, también es cierto que me ha gustado un poco, sí. ¿Y si le digo que me lo tengo que pensar? ¿y si le digo que...?

 

Nos estamos besando y yo no sé por qué. Su boca me sabe fresca. Las manos me acarician la cintura y un poco la espalda con movimientos suaves y delicados. Sus labios atrapan los míos una y otra vez como si quisiera gastarlos y como si cada vez los estuviera probando por vez primera.

 

Deja por un momento la lentitud de sus besos y con dos besos rápidos en los labios me da a entender que quiere tomarse un descanso. Se separa de mí y me mira a los ojos. Me pierdo en ellos. Ahora, en unos instantes, nos hemos convertido en dos personas diferentes. Ya no somos unos completos desconocidos y hay un algo invisible que nos une. El ya no es él, se me aparece cálido y cercano, hombre y niño, amante y amigo. Ahora le veo mucho más guapo, pero sobre todo más atractivo, sensual. Su rostro está cambiado: sus labios son más carnosos, su tez ha cogido color, sus ojos son más verdes.

 

Quiero abrazarle, pero él me vuelve a besar y nos besamos. Nuestros cuerpos están pegados y mis pechos chocan contra su pecho. Nos besamos. Por un lado de mi cintura él saca por fuera mi camisa y mete la mano por el hueco que ha dejado libre. Son primero sus dedos los que llegan a tocar mi piel. El contacto directo de su piel con mi piel, de improviso, me hace estremecer y mi cuerpo se retuerce con disimulo. Después su mano entera se pasea y acaricia mi espalda. Su mano fría pero cálida, me recorre y me debilita. Me agarro más a él, como para que no se me escape, y aprieto un poco más mis pechos contra su torso. Querría mirarle y abrazarle a la vez, pero no puedo. Me conformo con tenerle ahora conmigo.

 

Me empieza a besar el cuello como un vampiro y es como si me clavara aguijones que me atraviesan el cuerpo. Y sus dos manos ya se han colado bajo mi camisa y pintan mi espalda, hasta no dejar un solo rincón sin sus huellas. Aprieta su cuerpo contra mi cuerpo y noto su erección. Noto su sexo excitado contra mi vientre. Nos besamos.

 

Abro los ojos y me veo a mis amigas con cara de no saber cómo acercarse a mí. Me separo de él y le digo que perdone, que me espere un momento. Mis amigas se quieren ir, es tarde. Me doy cuenta de que es tarde y yo también debería irme. Vuelvo con él:

 

- Oye, no me había dado cuenta de la hora que era. En realidad me tendría que ir ya pronto a casa, que mañana tengo que trabajar. Mis amigas se van ahora así que será mejor que me vaya con ellas o...

- ¿Os vais en coche?

- Sí, Begoña, mi amiga, tiene coche y nos lleva a las dos.

- Si quieres, yo puedo llevarte, yo también tengo coche, aunque no te llevaré a las dos -y se sonríe-... porque ¡ya son las cuatro!

 

Yo también me sonrío.

 

- Vale, ¡qué bien! Pero nos vamos ya, ¿eh?

 

Vuelvo con las estátuas vivientes y les digo que a casa me llevará él... por cierto, aún no sé su nombre. Se van y me quedo de nuevo a solas con el desconocido. Me coge de la mano otra vez y me da un beso. Hace un gesto de que nos vayamos.

 

Voy a donde había dejado mi abrigo, allí, amontonado junto a otros muchos. Me cuesta encontrarlo entre tanto barullo de ropas y con esa poquita luz. En la puerta él me espera y cuando llego a ella, le doy un beso y salimos fuera agarrados como su fuéramos una pareja.

 

- No esperaba haber conocido a nadie esta noche.

- Yo tampoco -y una sonrisa-.

- ¡Quién lo hubiera dicho!

- Pues sí.

- Ha estado bien, ¿verdad?

 

Mientras seguimos hablando y caminando hacia su coche, pienso en lo que estará pensando él en estos momentos. ¿Qué ha significado esto para él? ¿querrá verme otro día? ¿qué está buscando? Me dijo que yo le gustaba... ¿a qué se estaba refiriendo? ¿en qué sentido le gusto? ¿físicamente? Me gustaría aclarar estas dudas con él, pero no lo hago, por si acaso. Hago repaso de todo lo que hemos hablado buscando algún indicio de lo que realmente siente por mí. Trato de encontrar en su mirada respuesta a mis preguntas... pero ¡sólo me sugieren más preguntas!

 

En seis minutos entramos en su coche, que está aparcado en una calle desértica a estas horas. Mete las llaves, y cuando parece que va a arrancar vuelve la cabeza y me mira. Suelta las llaves y el volante, me coge y me besa. Su brazo rodea mi espalda y el otro está apoyado en mi cintura y nos seguimos besando. Me besa en los labios, en la cara y el cuello de forma suave y calmosa. Cierro los ojos y me limito a sentir. Su mano pasa de la cintura a las piernas, que acaricia mientras nos besamos. Me gustan mucho sus caricias y saber sus manos, las manos de un hombre, sobre mi cuerpo. Esa mano envuelve a mi cintura y por encima de la camisa empieza a explorar otras partes de mi cuerpo. Se dirige a mi vientre, como si estuviera tratando de sentir un hijo que yo llevara dentro, y regresa a la cintura. Descansa un momento en la cintura y después sube por un lado de mi cuerpo, despacio, como si me estuviera contando las costillas, acariciándome. La mano se cuela por debajo de mi brazo y ahora me toca la espalda. Vuelve al costado, vuelve a la cintura y vuelve al vientre y lo acaricia. Sube un poco la mano y roza mis pechos. Los roza algunas veces tocando su parte inferior. La mano deja de acariciarme. Está desabrochándome los botones de la camisa. La mano me toca las tetas por encima del sujetador, pero desparece de escena cuando se desliza a mi espalda a desabrocharme el sujetador. De repente noto el húmedo contacto de unos labios sobre mi pecho desnudo. Su mano ahora acaricia, aprieta y recorre mis tetas y sus labios se abrazan al pezón, que está muy sensible. Mordisquea el pezón, lo moja con la lengua y a mí me encanta.

 

Abro los ojos y me veo, como una Eva, con la camisa abierta y sin sujetador, con las dos tetas al aire. El sigue como bebiendo de mi leche. Y vuelvo la cabeza un poco hacia mi derecha y veo a un chico, debe ser muy joven, que nos está mirando desde fuera. Más bien me mira a mí. A mis pechos. Está ahí, como concentrado en ellos, con los ojos muy abiertos, de pie, al lado del coche, serio. Yo también me miro las tetas y él sigue besando y acariciándolas. Miro de nuevo al chico de la calle y ahora él me mira también a los ojos. A los ojos y a las tetas. Yo le sonrío. El, aunque sigue serio, esboza una medio sonrisa. Cierro los ojos.

 

Me besa el ombligo. A mí sin querer se me entreabren un poco las piernas. El se da cuenta y su mano empieza a tocarme por encima del pantalón. Me toca las piernas, la cara interna del muslo, acercándose a mi sexo. Me besa en la boca, me toca, me vuelvo loca. Sus dedos se deslizan por mi cuerpo y saltan con alegría de cintura a hombros, de espalda a piernas, de cuello a labios. Pero se detienen.

 

- Oye, ¿y si mejor vamos a mi casa?, -dice él.

- Pues...

- Podemos tomar una última copa.

- ¡Venga, vale!

 

Es un poco tarde. Me da un beso. En realidad ya tendría que volver a casa. Y arranca el coche. Pero en fin. Me mira. Estas cosas no pasan todos los días. Girando el volante con agilidad, salimos de la calle. Mejor será... dejarse llevar. Y me va llevando.

 

- ¿Y dónde vives? -le pregunto-.

- ¿Sabes dónde está el cielo?

- Sí, claro.

- Pues allí no es.

- ¿Entonces?

- En Santa Capulla

- Vaya, en la otra punta. Mira tú qué mala suerte, más lejos no podíamos vivir tú y yo.

- Qué le vamos a hacer... -dice como con gesto de resignación-. No todo son alegrías en esta vida -añade sonrientemente-.

- No te creas, a lo mejor ha sido una suerte... ¡quién sabe!

- ¿Dónde vives tú?

- Pues en el sur, allá por Aguilera.

- Uy... muy lejos, sí. Tu casa tan lejos y tú ahora tan cerca...

 

Le oigo decir eso y le doy un beso en la mejilla (Joder, que aún no le he dado ninguno en toda esta historia por iniciativa propia). Y la cara se le ilumina con el beso, o un coche que viene de frente le ilumina la cara.

Continúa

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