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Los cuentos de Carlos Fierro

El lienzo del mundo

(La luz se me encendió.) Sus dedos luchaban torpemente contra su difícil cinturón para liberarse de él. Al entrar en el cuarto, el combate se desplazó de la cintura al pelo y, con más brusquedad que tacto, trató de domar las formas que sus cabellos rubios dibujaban frente a ella, en el espejo. Tras no pocos esfuerzos y echándose el pelo de un lado a otro, una y mil veces, conseguió en fin dar con las formas deseadas. Una vez satisfechos sus instintos sociales y mientras se recreaba ahora en su imagen reflejada, prosiguió escudriñando en su cintura : esta vez para dar paz a unos instintos mucho más básicos. Fue en aquel momento cuando su mirada viajó hasta mí, fue entonces cuando su correa quedó suelta. Vi cómo desabrochaba uno a uno los botones de sus Bonaventure, hasta que finalmente los dejó caer, mostrándome así sus prietas carnes, pudientes. Se tocó el ombligo Las formas que aparecían desnudas ante mí eran aunque menos cuidadas más bellas que las de su pelo. Su piel dorada por los rayos del sol las dotaba de un encanto casi mágico. Por ellas se deslizó con suavidad una blanca prenda que dejó al descubierto un negro jardín de escondidos secretos. Desnudez que otros hombres no habrían de contemplar en años, se campeaba ante mis ojos, tierna y joven, inocente. Finalmente, sin apenas dedicarme una leve mirada, se me acercó, se posó sobre mí. Liberó.

(La luz se me encendió.) Tras subir la tapa, se posó mientras masticaba. La madre era otra cosa: menos curvas y más kilos, arrugas, verrugas. Traía consigo, en la mano grasienta, una bolsa de patatas fritas de la que se acordaba cada vez que terminaba los restos que le quedaban en la boca. Siempre que venía a mí lo hacía comiendo. Era una de esas personas que sólo tienen un placer en la vida, y a ella, como a muchos otros, le había dado por la comida : su vida estaba llamada a satisfacerse por la boca. Vagando su pensar por rutas de la alta gastronomía, fue a traer a su memoria su sueño imposible, su quiero y no puedo, su paraíso perdido en mundos imaginados. Su ideal de vida era poder rumiar, convertirse en animal rumiante, en vaca. Le seducía la idea de poder tragar el alimento apresuradamente sin apenas triturarlo, almacenándolo en grandes cantidades en la panza, para luego devolverlo a la boca, donde poder masticarlo o rumiarlo con sosiego, en paz. Así, pensaba, no tendría que tener las manos ocupadas y podría deleitarse con el sabor y las texturas de la comida mientras hacía ganchillo, caminaba en dirección al mercado, mientras se entretenía con los crucigramas o limpiaba el polvo. En mala hora le tocó en suerte haber nacido mujer cuando pudo haber sido vaca, como todas aquellas que se ven en los prados los domingos y que rumian apaciblemente y te miran sonrientes y desafiantes, conocedoras de su privilegio. Rumiar, rumiar, rumiar era el sueño. Recordó las manos de su esposo sobre sus pechos, junto con las palabras que acostumbraba a acompañar entonces: "Mano que teta no cubre, no es teta, es ubre". Ubre sí, pensó, pero no vaca. Una verdadera lástima.

(La luz se me encendió.) Una cabeza asomó después de que él, su dueño, hubiera bajado la cremallera. Con unos hábiles movimientos todo aquel órgano, sobre mí, vio la luz. Y comenzó a liberar. Este breve momento no era el mejor para pensar, se dijo para sí, pero no pudo evitar recordar el libro que estaba leyendo en el que se decía que el diálogo era una forma diferente de pensamiento. Según el autor, el diálogo otorga al pensador la contrastación de sus ideas con otras, lo cual repercute en el rumbo que han de tomar las que surjan más tarde, y es, por lo tanto, una particular forma de pensar. "Rumió" él estas palabras mientras liberaba, descontento con ellas. No pudo más que concluir que si el diálogo por sus peculiaridades constituía una forma de pensamiento, el liberar, por idéntica razón, pasaría a formar parte de las formas de pensamiento hasta el momento "descubiertas". El asentamiento en el trono de la evacuación viene provocado por un imprevisto impulso que corta de raíz el discurso del pensar, que súbitamente vira la dirección de nuestros objetivos inmediatos. Una vez sobre el retrete, y propiamente asentados, partimos de cero, con la mente en blanco, y comenzamos el "rumiar" interno, con el importante condicionante de que éste sólo durará unos cinco minutos, los imprescindibles. Una vez concluída su tarea marchó del cuarto, sonriente, como quien acaba de descubrir las virtudes de estos paréntesis de la vida, de estas burbujas de aire fresco entre tanta polución de ideas, esta cueva de paz que invita a la reflexión.

(La luz se me encendió.) Dejó su libro y su cuaderno sobre el taburete que se encuentra frente a mí y se me sentó. Con sus gordos dedos asió el lápiz y comenzó a resolver las operaciones de sus deberes escolares: sumas, restas, divisiones, incluso alguna simple raíz. Los números, quietos sobre el papel, le bailaban en la cabeza, y reían burlones escondidos tras las "equis" de las ecuaciones, y revoloteaban inaprehensibles en su intento por asirlas mentalmente. Trató de dar con las soluciones, no ya por medio de la razón, que eso parecía poco posible, sino mediante los trazos sobre las hojas, y así, lo que era una hoja limpia y ordenada quedó convertida en una colección de números caóticos adornada con innumerables tachones. Ofuscado, alzó su vista para darse un descanso. Fueron sus ojos a buscar el descanso sobre su propia imagen, en el espejo. Frente a sí, una cara completamente rechoncha, salpicada de cráteres de pubertad, de mirada triste. Se llevó una mano al bolsillo de la camisa y sacó unas galletas. Tenía los dientes sucios, con restos de las galletas que acababa de comer. Las tiró al suelo. Feo, gordo y necio, pensó. Mi hermana sí que es guapa, y mi padre sí que es listo, tan perspicaz... Mierda soy y en mierda me convertiré.

Y levantándose con decisión como si por un instante hubiera madurado ese joven inseguro, se colocó sobre mí, de pie, metiendolos pies, y en un acto de inconsciencia, tiró de la cadena. Tragué.

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